Inspiración8 de octubre de 2026

Crear sin miedo: Gonzalo y la llave del museo

Por Tito Yoyo (Grego Rodríguez)

Fotografías: Antonio Damián Gallego

Recuperar la creatividad puede empezar con algo sencillo: volver a hacer lo que nos gusta por el placer de hacerlo. Mi sobrino nieto me lo recuerda cada vez que entra en el estudio.

Fotografía del estudio: Antonio Damián Gallego. Vídeo creado con Higgsfield a partir de la fotografía. Se muestra una imagen fija hasta que comienza la reproducción.

Gonzalo vive en El Morche, en Torrox. Cuando va al pueblo de su abuelita y de su familia materna, se pone la ropa vieja y pasa horas en el estudio.

Él lo llama «el museo».

Me gusta ese nombre. En su museo se puede tocar, probar, mezclar y seguir pintando. Hay botes abiertos, pinceles, cuadros, manchas de otros días. También está Peluso, nuestro gato pintor, que tiene su propio lugar entre todo aquello.

Gonzalo entra y encuentra algo que hacer. Yo lo observo y, muchas veces, siento que es él quien me está enseñando.

Gonzalo pinta en el suelo del estudio, rodeado de colores.
Gonzalo pinta en el suelo del estudio, rodeado de colores. © Antonio Damián Gallego.

Hacer algo solo porque lo disfrutas

Lo veo pintar en el suelo, acercarse a una obra, descubrir un color. Está metido en lo que hace. A mí, que tantas veces pienso en cómo va a quedar algo antes de empezarlo, su manera de crear me devuelve una pregunta:

¿Cuándo empecé a pedirle tanto a lo que me gusta?

Gonzalo toca mi piano desde que tenía un año. Cada vez que entra en casa, se acerca y toca. Yo lo escucho y me suena bien. Hay algo en esa disposición suya que me conmueve: el piano está ahí y él tiene ganas de hacerlo sonar.

Yo también juego cuando me siento al piano. Toco algo conocido, pero experimento, cambio cosas, lo hago mío. A veces me cuesta salir de lo establecido, dejar de seguir el camino que ya conozco. Pero cuando me lo permito, aparece algo que no esperaba. Ahí está la magia.

Tenemos que recuperar el hacer las cosas por disfrutar. Reservar un espacio donde no haya resultado que perseguir, comparación ni juicio. Donde podamos pasarlo bien sin tener que justificar ese tiempo.

Las normas se hacen. El instinto nace.

— Grego Rodríguez

Aprender nos da herramientas. Yo quiero seguir aprendiendo y conservar, al mismo tiempo, el impulso de probar. Poder acercarme a algo con la curiosidad de quien todavía no sabe lo que va a encontrar.

El miedo a hacerlo mal

Con los años vamos reuniendo opiniones sobre nosotros mismos. Que dibujamos mal. Que no tenemos oído. Que bailar nos queda ridículo. A veces basta un comentario para que dejemos de hacer algo que disfrutábamos.

Después somos nosotros quienes repetimos esas frases, incluso cuando ya no hay nadie mirando.

Y así podemos acabar lejos de cosas que nos hacían bien. Quizá nos apetezca volver, pero sentimos que primero deberíamos saber más, tener más tiempo o estar seguros de que el esfuerzo dará algún fruto.

Cuando veo a Gonzalo en el estudio, recuerdo que también se puede empezar con ganas. Lo demás se va descubriendo.

¿Todo el mundo puede pintar? Todo el mundo puede acercarse a unos colores y explorar qué ocurre. Después cada persona decidirá cuánto quiere aprender y hasta dónde desea llegar. Ese primer encuentro ya tiene valor.

También lo tiene cantar en casa, cuidar una planta, preparar una comida con atención o arreglar algo con las manos. Hay muchas formas de reconocer lo que nos mueve.

Cuando dejamos de mirar el reloj

Hay momentos en el estudio en los que dejo de contar las horas.

Las manos están ocupadas. Un color me lleva a otro. Algo cambia en la superficie y me quedo allí, atento. La mente se calma y siento que lo que llevo dentro encuentra una salida.

A veces lo imagino como un río de color que va del corazón a la obra.

— Grego Rodríguez

Mientras la mente descansa, el alma sonríe.

Es mi manera de describirlo. Durante ese rato estoy a gusto donde estoy. Tengo suficiente. No necesito que ocurra nada más.

Y esa experiencia me acompaña después. Influye en lo que considero importante, en cómo uso mi tiempo, en lo que deseo. Cuando encuentro algo que nace de dentro, algunas exigencias que parecían enormes empiezan a ocupar menos espacio.

Manos, pinceles y pigmentos: el color permanece entre el blanco y negro.
Manos, pinceles y pigmentos: el color permanece entre el blanco y negro. © Antonio Damián Gallego. Tratamiento de color selectivo con Higgsfield.

La creación como puerta hacia el alma

Para mí, crear tiene una dimensión espiritual.

Pienso en el Creador como quien nos dio la capacidad de crear y un don único e irrepetible que podemos descubrir y cultivar. Cada persona puede ponerle el nombre que sienta cercano. Yo encuentro esa conexión cuando estoy presente en lo que hago y reconozco algo mío en ello.

Entonces puedo dejar descansar al personaje social: el que sabe cómo presentarse, cómo responder, qué imagen debería dar. Puedo escuchar con más atención lo que siento.

Donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.

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Me hacen preguntarme dónde estoy poniendo el mío.

Quizá una parte de ese tesoro siga cerca de lo que nos gustaba hacer de niños. De aquello a lo que volvíamos espontáneamente, sin esperar reconocimiento. Recordarlo puede ayudarnos a entender qué echamos de menos y qué queremos recuperar.

Que cada uno lo llame como quiera. Pero quien encuentra la llave y abre esa puerta ya no la cierra.

— Grego Rodríguez

Así lo vivo yo. Haber reconocido esa paz cambia mi perspectiva. Sé que existe ese lugar al que puedo volver y quiero hacerle sitio en mi vida.

Peluso, nuestro gato pintor, entre pasteles de colores y una paleta.
Peluso, nuestro gato pintor, entre pasteles de colores y una paleta. Archivo familiar.

Un descuido mágico

Gonzalo también ha repintado cuadros de su tío en un descuido mágico.

La anécdota forma ya parte de nuestra historia. Veo las fotografías y sonrío: él delante de las obras, los colores al alcance, el estudio convertido en su museo.

Me recuerda que crear también necesita espacio para lo inesperado. Hay días en que llegas con una idea muy clara y sucede otra cosa. Un gesto, una mezcla o la intervención de un niño te obliga a mirar de nuevo.

Acompañar a Gonzalo me ofrece esa oportunidad. Estar cerca de su manera de disfrutar me ayuda a reconocer cuándo estoy poniendo demasiadas condiciones a la mía.

Gonzalo frente a los cuadros del estudio: un descuido mágico.
Gonzalo frente a los cuadros del estudio: un descuido mágico. © Antonio Damián Gallego.

Una obra para recordar siempre

Para su quinto cumpleaños, nosotros, The Rodríguez, le regalamos su obra enmarcada. Habíamos visto la pureza de lo que había creado y la verdad de sus pinceladas. Queríamos que pudiera conservarla y, al mirarla con los años, recordar al niño que disfrutó pintándola.

Ojalá ese cuadro le recuerde siempre que ya tenía dentro la llave.

Gonzalo pinta su obra, que The Rodríguez le regalaron enmarcada por su quinto cumpleaños.
Gonzalo pinta su obra, que The Rodríguez le regalaron enmarcada por su quinto cumpleaños. Archivo familiar.

Volver a lo que nos mueve

Quizá, mientras lees, hayas recordado algo que hace tiempo que no haces.

Una actividad que dejaste. Un instrumento que apenas tocas. Las ganas de escribir, de cocinar una receta, de bailar una canción entera. Algo pequeño que siempre acaba esperando a que termines todo lo demás.

Puedes hacerle un hueco. Acercarte sin decidir de antemano qué debería salir de ahí. Darte tiempo para recordar cómo te sientes al hacerlo.

Esa es la clase magistral que Gonzalo nos da. Aprendamos de los niños: del disfrute, de la curiosidad, de la libertad de experimentar. Recuperemos también el placer de compartirlo. Estar juntos o solos, crear, inventar, imaginar. Disfrutar cada centésima de segundo.

Seguiremos siendo niños mientras conservemos la ilusión, los sueños y la imaginación.

También ese poquito de poca vergüenza que nos permite hacer el payaso, imitar, reír hasta que nos duela la barriga. Las cosquillas, los dibujos, la pelota, la muñeca, las canicas. Bailar, mojarnos bajo la lluvia, pisar charcos.

Cada uno tendrá sus juegos y sus recuerdos. Yo quiero seguir haciéndoles sitio en mi vida. Y quiero volver al museo con Gonzalo: crear, parar para comer y tener ganas de regresar por la tarde.

Pisar charcos, ¿eh, Gonzalo? ¡Lo que se pierden los mayores!

Ojalá nunca olvides al niño que pintó esos cuadros. Ojalá sigamos viviendo, jugando, pintando hasta que apriete el hambre, soñando dormidos y despertando dando gracias por estar, por ser y por querer… ¡por querer comernos la vida!

Grego y Raúl comparten un momento de juego con un marco en el estudio.
Grego y Raúl comparten un momento de juego con un marco en el estudio. © Antonio Damián Gallego.

Tito Yoyo (Grego Rodríguez)

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Tito Yoyo (Grego Rodríguez)

Fotografías: Antonio Damián Gallego